sábado 24 de octubre de 2009

Esquizofrenia.

Y el hombre de piedra desató las cadenas solo para ver el sol un rato. Aún con los ojos cerrados (y en el llanto algo cegados) se afirmó a su miseria y gritó: ¡Ojala que no sufran lo que sufro yo!

jueves 1 de octubre de 2009

Dilema

Felicidad. ¿Pero de esas forzadas no crees?. Como un deber, algo así. La lógica de haber obtenido algo que anhelabas hace un buen tiempo. Aunque el tiempo cambia las cosas, o por lo menos las externas. Lo más probable. Lo más obvio.

martes 4 de agosto de 2009

Siento que es así

El cuerpo tosco del destino es reacio a los mundos infinitos: Sin límite, no hay mayor condicionamiento del futuro. La variabilidad de las consecuencias se sujeta al movimiento eterno de un péndulo.
El azar (movimiento pendular) a la vez se coarta en la causalidad de los actos. De esta manera el problema no está en la opción, si no en los procesos posteriores a este. Pero en sí no hay mayor azar en un espectro definido de consecuencias, no si se conoce correctamente el proceso.
El mundo de las emociones, en lo abstracto de su forma, constituye un mundo infinito que destruye premeditaciones y casualidades... o gran parte de estas. Si bien, lo espontáneo de sentir pueda contraponerse a lo expresado anteriormente, uno elige sentir (en su mundo interno).
El péndulo oscilante del medio conlleva a encuentros aleatorios que son captados y filtrados a nuestro ser de acuerdo a un patrón previo. Dicho patrón es sólo un modelo, un estereotipo modificable y por ende, inexistente. Así los estímulos y patrones dependerán de la disposición de nuestras emociones para que puedan existir y generar en el medio una respuesta.

Hay un ente eterno en nuestra esencia, tal vez independiente del restringido ser humano que nos envuelve, pero que ni coincidencias ni condiciones pueden interferir mayormente en su gran poder: la elección.


Intentando buscar la esencia, y escogiendo el camino de amar, Ratón.

domingo 2 de agosto de 2009


En la cuenta regresiva, una mano de la que cuelga un reloj desvanecido.
La mano envejece, se retuerce, se congela. Las direcciones oscilan y un tic tac anuncia un inesperado cambio en el puntero. A veces se mueve, otras sólo suena, pero todo con indescifrable patrón. Aunque en el fondo todos sabemos que tarde o temprano llegará a cero, no tardamos en esperanzarnos, en vivir en ese lindo sueño de cuarto de hora en un minuto y medio.
Es ilógico notar cómo la precisión queda expuesta en un vulnerable “quizás”, mientras uno (aterrado) piensa en el fin de todo: el silencio, la soledad... la muerte de la esperanza.